Crónica de ruta: Entre poesía y cumbres
Llegadas estas fechas veraniegas en las que el bochorno estival aprieta y las olas de calor van y vienen, lo único que nos pide el cuerpo es subir a caminar por Sierra Nevada, nuestra amada y bendita sierra granadina.
Y eso hemos hecho un pequeño grupo de senderistas: malenos unos, más otros que merecen serlo. Ahora toca contar, más o menos, lo acontecido
Nos hemos encontrado con bastante nieve. La Laguna de las Yeguas ya está descongelada, pero el hueco de los Lagunillos de la Virgen todavía permanece cubierto por un manto compacto. Habrá que esperar a que el deshielo termine su faena para verlos en todo su esplendor. Dentro de unos días tendremos que volver; no pasa nada, el disfrute es el disfrute.
Esta entrada del blog va a resultar algo especial, ya que el cuerpo no me pide volver a contar lo ya narrado desde el punto de vista "técnico". Basta con hacer clic en las etiquetas que aparecen al pie de la página para acceder a lo guardado en otras ocasiones. A cambio, aprovecharé que entre los colegas caminantes estaba mi amiga y senderista-poetisa (o poetisa-senderista, no lo sé) Ayes Tortosa, para intentar algo diferente: seleccionar unos cuantos poemas montañeros suyos y encajarlos en un intento de trenzado entre la poesía y la montaña. Veremos qué sale. Es todo un reto...
Muy entusiasmados comenzamos nuestro caminar desde el aparcamiento de la Hoya de la Mora, siguiendo el sendero enmarcado de piedras que nos condujo hasta la base del monumento a la Virgen de las Nieves, idealmente situado y convertido, por ese motivo, en un excelente mirador de toda esta zona de Sierra Nevada. Tomamos un profundo respiro de aire fresco que vivifica las mentes y pacifica los alborotados corazones que, a esta altura, laten trabajosamente, mientras nos viene a la memoria el poema:
"Caminando por el campo"
Un, dos,
un, dos...
Caminando voy,
por las veredas del campo,
al ritmo de mi canción.
Un, dos,
un, dos...
Caminando voy
entre romero y tomillo,
mi compañero es el sol.
Un, dos,
un, dos...
Caminito para abajo,
caminito para arriba,
¿Y camino llano cuándo?
Un, dos,
un, dos, tres...
Que ya me cansé
de contar de dos en dos.
Un, dos,
un, dos... ¡Plaf!
...Me parece que he pisado
la mmmm... de una vaca.
¡Pues me voy por otro lado!
(Ayes Tortosa - "Cuadernillo del Trotamundos" - (C) 2012)
Por entre medias del arco de la base de la Virgen, allá arriba, hacia el sur, se muestra imponente la mole del Picacho Veleta. A su derecha quedan Borreguiles, el Observatorio Astronómico, el Radiotelescopio y el Collado de la Laguna, hacia donde vamos a dirigir nuestros pasos, todos ellos inmersos en el Barranco de Monachil. Al este se divisan el Barranco de San Juan y el simpático promontorio conocido como el Mojón del Trigo, en el que está ubicado el antiguo observatorio que lleva el mismo nombre.
A nuestra espalda, al norte y a la izquierda, se desparraman las urbanizaciones de Pradollano; al fondo, entre la bruma, vamos adivinando el contorno de Granada y su Vega; y en el centro derecha destacan las crestas de los Peñones de San Francisco, que nos llevan a recordar otro poema:
"El último lobo de Sierra Nevada"
En los Peñones de San Francisco hay una cueva
donde dicen que vivió el último lobo de Sierra Nevada.
El último lobo de Sierra Nevada
se quedó tan solo,
que de tanta soledad
se le fue poniendo corazón de niño.
El último lobo de Sierra Nevada
subía cada mañana
hasta el pico más alto
para poder ver el mar
suspendido en el aire.
El último lobo de Sierra Nevada
ya no asustaba a nadie.
Una mañana limpia
vino a buscarlo un hombre,
un franciscano...
... se lo llevó de la mano.
(Ayes Tortosa - "Cuadernillo del Trotamundos" - (C) 2012)
Seguimos subiendo y subiendo hasta entrar de lleno en el Valle de Monachil, dejando poco a poco Borreguiles a la altura de una alpargata, y a la Virgen de las Nieves y la Hoya de la Mora a la de dos alpargatas y media por lo menos.
Saltamos varios regueros de agua que, cantarinos, la llevaban hacia el río, dando vida a su paso a extensas praderas verdes y jugosas donde las vacas y las ovejas comían parsimoniosamente. Quizá por eso notamos un runrún en la barriga y, sin pensarlo dos veces, tocó parar para comer, beber un trago de la bota de Gabriel y, sobre todo, compartir.
Antonio cogió su jarrillo y se puso manos a la obra. A él le encanta llevarlo siempre tintineando, colgado de la mochila, es su brillante gota de aluminio. Tiene la manía de beber de todas las fuentes, manantiales y chorrillos que encuentra, pero lo que más le gusta es llenar hasta arriba el jarrillo y dárselo al andarín amigo y compañero de camino mientras le dice: "Bébetelo hasta el fondo, hasta que veas tu cara en el culo del jarrillo". No vale rechistar, hay que tragar hasta la última gota.
Lo malo es cuando hay muchas fuentes seguidas. El rito se repite implacablemente y al final acabo "aguachinao". Da igual que le diga que voy a criar ranas, él insiste cabezón en que me lo beba entero. Al final lo intento otra vez y, cuando se distrae, tiro el agua a escondidas; felizmente, le devuelvo el cacito mientras le aseguro: "No me des más en un buen rato, que voy a criar ranas". Él sonríe y no dice nada. Volvemos al camino, se cuelga el jarrillo y, con su andar bamboleante, se pone a buscar otra fuente.
Toda esta ceremonia trae a cuento otro poema:
"El cacito de agua"
El cacito de agua
tan discreto,
pidiéndole al arroyo,
al río, a la fuente
bien poquito.
Maestro en la escuela
de la entrega,
el cacito de agua
de mano en mano:
"Toma bebe",
"Primero tú, mi hermano".
El cacito de agua,
humilde compañero
del camino,
cuelga de la mochila
como una generosa
gota de aluminio.
(Ayes Tortosa - "Cuadernillo del Trotamundos" - (C) 2012)
Entre infantiles figuras decorativas de tiburón, estrella de mar, foca y pulpo —que allí en medio de la solemne falda del Veleta no pintan nada—, ascendemos calmadamente hasta el Collado del Veleta. Este es el viso que nos deja a la espalda el Valle de Monachil para mostrarnos otro paisaje espléndido, más agreste, salvaje y nevado. Ya cerca de los 3000 metros de altura se despliega la grandeza asombrosa de la Cabecera del río Dílar.
Extasiados, contemplamos por un momento tan magno espectáculo en respetuoso silencio. De pronto, el viento juguetón, fuerte e intrépido, le arrancó la gorra a Aurelio y la disparó ladera abajo. Ayes, como una cometa al viento, se lanzó a saltos sin pensárselo hasta atraparla. ¡Uf, pensé que con lo grácil que es iba a levantar el vuelo!
Caballos libres pacen tranquilamente en los borreguiles; manantiales de agua recién brotada, ventisqueros de nieve y cascadas rugientes por todas partes nos acompañan hasta la misma orilla de la gran Laguna de las Yeguas, recién nacida del hielo y de un azul intensamente llamativo. Es el momento para el recuerdo de leyendas, magos, pastores, caballos y yeguas. El que quiera leer la bonita leyenda de la laguna, que haga clic aquí>>>.
Sin querer detenernos, subimos de nuevo pisando y disfrutando de la nieve hasta la base del inmenso circo glacial de los Tajos de la Virgen. Una gran acumulación de nieve cubre el espacio donde, dentro de unos días, aparecerán por arte de la magia serrana los famosos Lagunillos de la Virgen. Aprovechamos el momento para deslizarnos por el tobogán de nieve entre indecisiones y euforias contenidas. ¡Qué bien nos lo pasamos liberando a los niños que llevamos dentro!
Dante ríe alegre contemplando como Muesli hace piruetas en el aire para atrapar las bolas de nieve que le tira.
Desde lo alto del nevero, mirando hacia donde se supone que estarán pronto los lagunillos, evocamos otro poema:
"Los ojos del mar"
Según una antigua leyenda de los pueblos
de la Sierra, las lagunas de Sierra Nevada
son los ojos por donde el mar
se asoma a las montañas.
Los barcos, la sal, las caracolas,
los faros que saludan, las islas de coral,
los tiernos cachalotes, los náufragos, las algas,
los delfines, el plancton, las sardinas,
los peces voladores, las barbas de Neptuno,
las palmeras,
los cofres de tesoros, las redes, los garfios de piratas,
la bruma en la mañana, los pulpos, las gaviotas,
los sueños en la orilla, la estela de la Luna,
Jasón, los pescadores, las olas, el viento en las amuras,
la espuma, el atolón, los arrecifes,
las focas que se pierden, los remos, Ulises, las sirenas,
la brisa, el horizonte, las anclas, las cometas,
los peces abisales, las barcas, la luz de las estrellas,
el horizonte, el Sol, las despedidas,
las grímpolas, los puertos, las ballenas...
...no saben, ni sabrán,
que el mar está ausente,
allá en la montaña.
Y como un astrólogo
anciano y sabio
estudia muy de cerca
las constelaciones.
(Ayes Tortosa - "Versos Marineros" - (C) 2012)
¡¡¡Ahora me explico de dónde han salido el tiburón, la estrella de mar, la foca y el pulpo!!!
El regreso por el mismo camino, en un sostenido sube y baja (más baja que sube), nos puso alas en los pies. Volábamos raudos y veloces, como alegres charlatanes, hasta que una vaca —que nos pareció pacífica, pero no tanto por si acaso— a golpe de sonoros mugidos nos cortó el paso, cruzada y clavada en la mismísima vereda: "¡Alto a la compañía, toca parlamentar con la señora!"
Parece ser, por lo que nos contó entre berridos lastimeros, que andaba preocupada porque hacía un rato que no veía a su ternero. Le quitamos importancia y la tranquilizamos indicándole por dónde lo habíamos visto. Muy agradecida, nos dejó el paso libre y pudimos continuar nuestro caminar muy satisfechos por la buena obra realizada.
Al hilo de lo acontecido, nos acordamos del que sería el último poema de la jornada:
"La Vaca y el ternero"
No, no te acerques,
no apartes al ternero del camino.
No seas perezoso,
da la vuelta por el oculto bosque.
La madre
no te mira, pero te mira.
Hace siglos que el rumiante
manso y bondadoso vigila,
con los ojos siempre abiertos, siempre cerrados.
Si te acercas al ternero, si osas...
se quedarán atrás
los tigres y leones más salvajes,
las alimañas más terribles.
Habrá tanta fiereza
en el sueño despierto
de la madre
como ternura milenaria
le cabe dentro.
(Ayes Tortosa - Excursión al Valdeinfierno - (C) 2010)
Sin más inconvenientes regresamos a la Hoya de la Mora. Al pasar junto a la Virgen de las Nieves, como buenos montañeros le lanzamos una sonrisa y le dimos las gracias por tan estupenda jornada de sano y puro senderismo, mientras nos lanzábamos de cabeza a disfrutar de un grato momento de hidratación y avituallamiento en La Higuera, que de todo quiere el Señor.
Hasta la próxima, nos vemos por esos caminos, senderos y veredas...
- Ver el álbum de fotos de la ruta aquí>>>
- Ver el track de la ruta a continuación:












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